Hace algo así como un año y medio que no escribo; al menos no así. Algo así como un año y medio que no hablo conmigo misma. Y lo peor es que, aunque no me dé cuenta, a veces me hace falta.
Sin embargo, me he puesto a pensar en todo lo que ha pasado en este año y medio y he llegado a una conclusión antes de empezar a rellenar esta página en blanco: incluso sin darme cuenta, he sido capaz de avanzar y ni siquiera sé cómo ni por qué. He sido capaz de dejar atrás aquello que me frenaba.
Empecé este blog en diciembre de 2014 con una entrada en la que explicaba cómo me sentía respecto al paso de tiempo y a la falta de decisiones firmes en mi vida. A día de hoy no puedo decir que tenga las ideas más claras del mundo, pero estoy segura de algo, y ese algo es que he cerrado una etapa. Posiblemente una de las etapas que más me haya costado cerrar. Y estoy orgullosa de poder decirlo en voz alta. De poder afirmar que haga lo que haga, aunque todavía no sepa muy bien qué es, lo haré con todo lo bueno que pueda ofrecerle al mundo, porque sé que el mundo también tiene mucho que ofrecerme a mí; a veces serán cosas buenas y otras no, pero siempre serán cosas de las que pueda aprender algo.
Llevo años encerrada en una burbuja que por fin he conseguido explotar. Y sé que no todo será fácil, que habrá días en los que diga que no puedo más y quiera volver a encerrarme, pero tengo que intentarlo. Necesito evolucionar y quedándome quieta no lo haré.
Ha empezado una nueva etapa en la que dejo atrás todo lo que me consume. Ha empezado una nueva etapa en la que no sé si seré periodista, filóloga, o quizá ambas, pero lo que sí sé es que seré mejor de lo que he sido hasta ahora.
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